El Transiberiano, un juego de niños

Hace tiempo que empecé a investigar a cerca de las percepciones en el paisaje ferroviario. El paisaje ferroviario ha proporcionado nuevas formar de mirar, mirar de desde la ventana, de dentro hacia fuera, y desde el andén, de fuera hacia dentro. Pero, no podemos olvidar que cualquier paisaje es un proceso en el cual el hombre crea su percepción a través de sus experiencias, emociones, historia, contexto y memorias.

Hoy os dejo con un artículo espectacular y muy divertido acerca del paisaje ferroviario Transiberiano concebido desde la visión de los niños. El vagón se transforma en casa y a la vez en un divertido patio de juegos, es ferrocarril pasa a ser como una comunidad de vecinos pero en horizontal. Un espacio en que se puede correr, saltar, quedarse junto a la ventana, hacer guerras de almohadas…

Estación de trenes de Yekaterinburgo

Sasha tiene cinco años y unas ganas atroces de correr. Pero ha dejado atrás su pueblo natal, Snezhinsk, y durante más de dos días y tres noches solo puede desfogarse en un vagón de 29 pasos adultos de largo. Para un niño corriendo serán el doble, o quizás más. Sasha no tiene idea de qué es el Transiberiano ni le importa. Solo sabe que este tren en el que viaja le lleva desde Yekaterinburgo hasta Irkutsk, y nosotros matizamos que está a 70 kilómetros del lago Baikal y a 5.185 de Moscú. A Sasha le basta con entender que por ahora es su casa y patio de juegos.

Y como tal lo vive. Apenas mira por las ventanas, que al fin y al cabo muestran un escenario bastante monótono: miles de kilómetros de taiga salpicados por pueblecitos de casas de madera y chapa con sus colores camuflados bajo la nieve y el resplandor del fuego recortándose en las ventanas; trenes que hacen el trayecto contrario cargados con hasta setenta vagones de carbón o arrastrando otros platskart de 54 camas, como el suyo; ríos helados descomunales que se sabe que son tal porque el tren los atraviesa rechinando por férreos puentes.

Paisaje ferroviario Transiberiano niños
Desde la derecha, Sasha, Daria, y su madre.

Porque lo que le importa a Sasha está dentro. Sus cuadernos de colorear y sus rotuladores. La camiseta roja de manga corta que lleva siempre que la provodnitsa dispara la calefacción para compensar las temperaturas bajo cero que golpean fuera de las sucias ventanas. O la sudadera que se pone cuando la apaga y hace frío. Está su hermana pequeña Daria, de apenas un año, a la que escolta vagón arriba y abajo vigilando sus vacilantes pasos. Y está su madre, que le deja a su aire hasta que la hiperactividad le lleva a trepar demasiado alto por las literas superiores, en su mayoría vacías, o hasta que su talante extrovertido le hace pasarse demasiado tiempo junto a la cama de alguien. Entonces avanza entre los paneles de madera barnizada y con mal genio arrastra a la criatura hacia su litera. Pero él no para quieto mucho tiempo.

Dentro va también su amiga de viaje, Kristina. Casi le dobla en edad y parece más formal, menos terremoto, pero los dos se entienden. Juntos se pasean por entre los compartimentos abiertos de los viajeros, deteniéndose más o menos tiempo dependiendo de la confianza que hayan ganado. En el último, justo antes del baño y del espacio entre vagones que sirve como sala de fumadores, apenas se paran. Sus ocupantes se pasan las horas dormitando tumbados bajo las mantas negras a cuadros blancos. Pero en el siguiente están los extranjeros, y con esos sí se habla, aunque importe poco no entenderse apenas entre el ruso, el español y el inglés. Agarrarles de los pies o tirarse eructos suele funcionar para reírse, cuando no posar para una foto o animarse a hacer una elaborada trenza a la chica. Además, les regalan unos caramelos con palito.

Junto a ellos hay una señora mayor que baja a comprar pescado ahumado o sopas instantáneas de sobre cada vez que el tren hace una parada larga y el andén se puebla de vendedores ambulantes. Esto ocurre cada tres o cuatro horas, en ciudades grandes como Novosibirsk o Krasnoyarsk, o menos importantes pero estratégicas para el mantenimiento de la monstruosa veintena de vagones. Más allá están el rudo fumador compulsivo con pantalones pesqueros, que aprovecha los lapsos de entre 10 y 50 minutos para bajar a saborear su pitillo en chanclas, el solitario que juega horas y horas a las carreras de coches con su móvil, los padres de Kristina, con ella sempiterna acurrucada contra la ventana, la joven que lleva un cargamento de revistas del corazón y la pareja con rasgos mongoles a la que le cuesta conciliar el sueño.

Una comunidad de vecinos horizontal y temporal que sabe de sus contiguos al cruzar el pasillo para ir al baño o al ir a por agua hirviendo al samovar, una especie de caldera. Un grupo efímero de desconocidos  resignados a compartir la orientación espacial, que baila, y la reclusión, que aturde. En un día se dilapidan dos horas al atravesar husos horarios, lo que adelanta la hora de dormir. La provodnitsa apaga antes las luces para ayudar a la sugestión colectiva, pero como no siempre funciona, la alternativa es mirar por la ventana. Infinidad de puntitos luminosos se esparcen en la distancia nevada barriendo el mito de una Siberia inhabitada, con repentinas industrias mastodónticas y fantasmales estaciones de por medio. Las noches en que el cielo no está encapotado se cuaja de estrellas que se ven titilar, sobre todo desde la ventana del baño, la única que se abre tanto como para dejar sacar la cabeza al gélido aire nocturno.

Para Sasha el largo viaje debe ser una forma de aprender, porque lo ha hecho entre semana, saltándose días de cole. Está claro que su energía le hace adaptarse bien. Corre sin cesar, se balancea en los hierros y lo mismo te reta a una guerra de almohadas que te cuenta su vida parloteando sin parar, sobre todo si le animas con curiosos “¿da?” o incrédulos “¡niet!”.  Va al baño cada hora, a poner sus chanclas sobre el inodoro de metal helado y acuclillarse para, con un movimiento de pie, carcajearse al lanzar sus deposiciones a las vías siberianas. Al llegar la noche, y para escapar de la luz de emergencia que pende del techo, Sasha se arropa la cabeza para dormir junto a su hermanita y su madre. Esta, a su vez, ata una sábana a la litera superior para construir una deforme pirámide con la que crear una ilusión de intimidad que no existe.

Vista desde el tren Transiberiano

>> eltransiberiano blogelpais

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